Revista Didáctica y Educación. ISSN: 2224-2643. 1
Publicación del Centro de Estudios Pedagógicos de la Universidad de Las Tunas. Cuba.
Fecha de recepción: Fecha de aceptación:
Creative Commons Atribución 4.0
Modernización y dependencia en el complejo económico-social de la agroindustria
azucarera cubana entre 1902-1958
Modernization and dependence in the socio-economic complex of the cuban sugar
agroindustry between 1902-1958
Yainier Bernardo Chapman1
Madelyn Lozada Abad2
José Fernando Novoa Betancourt3
Resumen
El estudio tiene como objetivo analizar la evolución de la industria azucarera cubana entre 1902
y 1958, destacando los procesos tecnológicos empleados, los resultados económicos obtenidos y
las implicaciones políticas y sociales que condicionaron su desarrollo en el marco de la
dependencia internacional. Se empleó un enfoque histórico-económico basado en fuentes
primarias y secundarias, incluyendo obras clásicas de la historiografía azucarera. El análisis
combinó la reconstrucción técnica del circuito productivo -molinos en serie, recirculación de
mieles, aprovechamiento del bagazo y recuperación de la cachaza- con la contextualización de
políticas restrictivas, convenios internacionales y coyunturas financieras globales. La
modernización tecnológica permitió una extracción integral de la sacarosa y el aprovechamiento
de sus derivados, anticipando prácticas de sostenibilidad. Durante la Primera Guerra Mundial,
1 Licenciado en Historia Pura, Máster en Historia y Cultura en Cuba. Profesor Auxiliar. Departamento Marxismo-
Leninismo e Historia. Universidad de Las Tunas, Cuba. E- mail: rira3194@gmail.com. ORCID:
https://orcid.org/0000-0001 -7553-3539
2 Licenciada en Historia Pura, Máster en Historia y Cultura en Cuba. Profesora Asistente. Departamento Marxismo-
Leninismo e Historia. Universidad de Las Tunas, Cuba. E-mail: lmadelyn687@gmail.com. ORCID:
https://orcid.org/0000-0003-3008-7349
3 Licenciado en Educación, especialidad Historia y Ciencias Sociales, Máster en Historia y Cultura en Cuba. Doctor
en Ciencias Históricas. Profesor Auxiliar. Centro de Estudios de Cultura e Identidad. Universidad de Holguín, Cuba.
E-mail: jn3062230@gmail.com. ORCID: https://orcid.org/0000-0001-5913-2559
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Cuba expandió su producción y modernizó ingenios, aunque la especulación de 1920 y la crisis
de 1921, evidenciaron la vulnerabilidad del modelo. Las políticas de Gerardo Machado y los
intentos de regulación internacional en los años 30 de pasado siglo, fracasaron ante la
sobreproducción y la caída de precios. En la Segunda Guerra Mundial, los convenios con
Estados Unidos de América garantizaron cuotas preferenciales y los trabajadores obtuvieron
conquistas como el diferencial azucarero. En los años 40 y 50 del pasado siglo, la producción
alcanzó cifras récord, pero la acumulación de excedentes y la falta de diversificación agrícola
limitaron el desarrollo. Al triunfo de la Revolución en 1959, Cuba heredó una infraestructura
azucarera poderosa -161 centrales y millones de ha (hectáreas) cultivadas- pero también un
modelo económico subordinado a factores externos.
Palabras clave: industria azucarera, producción azucarera, modernización, dependencia,
complejo económico-social.
Abstract
This study analyzes the evolution of the Cuban sugar industry between 1900 and 1959,
highlighting the technological processes employed, the economic outcomes achieved, and the
political and social implications that shaped its development within the framework of
international dependency. A historical‑economic approach was applied, combining primary and
secondary sources, including classical works of sugar historiography. The methodology
integrated the technical reconstruction of the production circuit -series mills, molasses
recirculation, bagasse utilization, and cachaza recovery- with the contextualization of restrictive
policies, international agreements, and global financial conjunctures. This dual perspective
allowed for an evaluation of technological efficiency and its impact on competitiveness.
Technological modernization enabled the integral extraction of sucrose and the reuse of
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by‑products, anticipating practices of sustainability. During World War I, Cuba expanded
production and modernized its mills, although the 1920 speculation and the 1921, collapse
revealed structural fragility. Gerardo Machado’s restrictive policies and international regulatory
attempts in the 1930s, failed to stabilize the market amid overproduction and price decline.
During World War II, agreements with the United States of America secured preferential quotas,
while workers achieved gains such as the differential sugar clause, linking price increases to
wage improvements. In the 1940s and 1950s, production reached record levels, but surplus
accumulation and limited agricultural diversification constrained development. By the triumph of
the Revolution in 1959, Cuba inherited a powerful sugar infrastructure -161 mills and millions of
hectares under cultivation- but also an economic model subordinated to external factors.
Keywords: sugar industry, sugar production, Modernization, dependence, socio-economic
complex.
Introducción
El estudio de la historia de la industria azucarera nos conduce inevitablemente al siglo IV
antes de nuestra era (a.n.e), cuando Alejandro Magno, proveniente de Asia la introdujo en el
mundo agrícola griego. Los romanos herederos de la cultura griega la llamaron sal de la India.
Precisamente, serían los romanos los encargados de darla a conocer entre los pueblos árabes y
estos de expandirla por varias regiones del mundo. Los químicos egipcios lograrían perfeccionar
su procesado y refinamiento. Lo cual constituyó un avance importante, que permitiría un mayor
consumo de la misma (Azcuba, 2026).
La llegada de la caña de azúcar a España, sería bajo la impronta de la ocupación árabe
desde el año 711 hasta 1492, cuando este cultivo se introdujo y se consolidó como parte de la
vida económica y cultural. Con la expansión colonial, España trasladó hacia América Latina y el
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Caribe no solo la caña, sino también el saber técnico y la tradición de producir sacarosa,
configurando así un legado que marcaría profundamente la historia de Cuba.
Es bajo el gobierno de Diego Velázquez, cuando se instauró la economía de plantación
cañera (Bernardo y Lozada, 2022). Casi de inmediato, llegaron los primeros esclavos africanos,
destinados a suplir la escasez de mano de obra provocada por la rápida desaparición de los
pueblos originarios, víctimas del trabajo forzado y del genocidio. Desde sus inicios, la industria
azucarera estuvo atravesada por dos problemas estructurales: la falta de capital y la insuficiencia
de fuerza laboral.
En 1523, Juan Mosquera, representante de la Isla de Cuba en la Corte, solicitó al rey
Carlos I préstamos y licencias, para construir ingenios y trapiches, pero sus gestiones fueron
infructuosas. La negativa real no detuvo, sin embargo, la voluntad de los productores, quienes,
en 1531, pidieron destinar las rentas de Santiago de Cuba a la compra de esclavos y a la
fundación de ingenios, aunque nuevamente sin éxito (Bernardo et al., 2023) .
La situación se mantuvo precaria durante décadas. En 1593, gran parte del azúcar
consumido en Cuba provenía de Santo Domingo, pues los ingenios locales producían sobre todo
miel. El giro decisivo llegó en 1595, cuando el monarca español, tras múltiples reclamos, decretó
que los hacendados no serían desposeídos por deudas, medida que incentivó la construcción de
fábricas. En 1596, La Habana contaba ya con 15 ingenios. Poco después, en 1600, una Real
Cédula ordenó enviar desde México 40 000 ducados para fomentar la industria, dinero que se
distribuyó entre 25 hacendados y se destinó exclusivamente a levantar nuevas fábricas (García,
2007). La diferencia entre trapiche e ingenio, según Moreno (2014), es reveladora:
Trapiche se refiere sintéticamente al molino movido por fuerza animal para extraer el
guarapo y el ingenio, hasta el siglo XIX, al complejo de tierras, construcciones fabriles,
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de servicio y viviendas, maquinarias, esclavos y animales destinado a la producción de
azúcar, criterio que indica un conjunto cualitativo, superior al trapiche. (p.181)
Esta transición marcó el salto cualitativo de la industria.
El establecimiento del libre comercio en 1789 y la libre importación de instrumentos
fabriles en 1792, facilitaron la llegada masiva de esclavos. Entre 1789 y 1833, alrededor de 462
965 africanos fueron introducidos en Cuba, según Álvarez et al. (2007). Paralelamente, la
Revolución Haitiana (1791-1804), destruyó la infraestructura azucarera de la colonia francesa,
que hasta entonces había sido la gran exportadora mundial. Como indica Aroma de Cuaba
(2026), “la producción saltó de 14 000 t (toneladas) en 1790, a más de 34 000 t en 1805”. Cuba,
con tierras fértiles, clima propicio y capital disponible, aprovechó la coyuntura y se convirtió en
la nueva potencia azucarera.
De acuerdo con Abreu (2021):
A finales de la década de 1820, los sacarócratas de La Habana, Matanzas, Cárdenas y
Trinidad, ante el reto de incrementar los rendimientos productivos y minimizar el
impacto del atraso tecnológico, orientaron sus inversiones hacia el Centro de la Isla. Esta
región tenía suficiente extensión y fertilidad, importantes reservas forestales, asequibles
precios de las tierras y puertos acondicionables para exportar los productos. (p. 18)
Por otro lado, el tabaco, antes principal rubro exportador, cedió su lugar al azúcar,
mientras que el café, aunque emergente, no logró transformar la economía. El predominio del
azúcar, llevó a la mayor de las Antilla a convertirse en monoexportadora, situación que preocupó
a pensadores como Francisco de Arango y Parreño, quien en su célebre Discurso sobre la
agricultura en La Habana y medios de fomentarla advirtió sobre los riesgos de esta dependencia.
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Para mediados del siglo XIX, Cuba estaba dividida en cuatro regiones económicas:
Occidente (Pinar del Río-Matanzas), la zona de Cárdenas y Sagua, el centro-sur (Cienfuegos,
Santa Clara, Trinidad, Camagüey) y el Oriente (Holguín, Bayamo, Santiago y Guantánamo). La
Guerra de los Diez Años y la política de la Tea Incendiaria devastaron los ingenios del Centro y
Oriente, mientras que el Occidente se mantuvo relativamente intacto. El conflicto detuvo por una
década la expansión hacia el Este, pero liberó tierras en Camagüey y en Oriente para la
penetración de nuevos centrales.
Tras la guerra, el Occidente experimentó una renovación industrial: los ingenios
ineficientes fueron eliminados y surgió la división entre el sector agrícola (colonato cañero) y el
sector industrial (centrales modernos). La centralización permitió mayor eficiencia, aunque con
costos desiguales entre regiones. La gesta independentista, al destruir campos y capitales, actuó
paradójicamente como catalizador de la modernización.
Los capitales norteamericanos, ya presentes, se volcaron hacia la producción de sacarosa,
introduciendo el ferrocarril y nuevas tecnologías. La abolición de la esclavitud completó el
proceso, transformando la industria en un sistema más mecanizado y dependiente del capital
extranjero.
Las Leyes de Relaciones Comerciales de 1882, impusieron derechos específicos al
aguardiente, café, cacao y azúcar, favoreciendo a la metrópolis. La sequía y los efectos de la
guerra agravaron la crisis de los hacendados del Centro y Oriente. Sin embargo, hacia 1895 Cuba
ya mostraba fábricas de gran escala, con quemadores de bagazo verde que generaban su propia
energía. Aunque se introdujeron mejoras tecnológicas, esto no implica una verdadera revolución
técnica, los cambios fueron más de carácter económico y social, permearon el conjunto de la
sociedad insular y provocaron una medular transformación.
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El 5 de mayo de 1895, la industria azucarera cubana demostró una vez más, que había
una buena parte de ese sector, consagrada con la causa redentora mambisa. Según Pérez (2024)
fue en el batey de una fábrica de azúcar –llamado “La Mejorana”- el lugar donde aconteció, tras
su llegada a Cuba, el encuentro de José Julián Martí y Pérez, Máximo Gómez Báez y Antonio
Maceo Grajales, los tres líderes principales de la llamada Guerra Necesaria. En la histórica
reunión, Martí es reconocido como jefe supremo de la revolución, se designa a Máximo Gómez
General en Jefe del Ejército Libertador, a Antonio Maceo se le nombra Jefe Militar de la
provincia de Oriente y Lugarteniente General, y a su hermano José Maceo, Comandante de las
fuerzas en Santiago de Cuba.
Sin dudas la Guerra de Independencia de 1895, interrumpió la expansión hacia el Oriente.
La zafra de ese año alcanzó más de 1 000 000 t, pero las de 1896 y 1897, apenas sumaron 225
000 t, evidencia del impacto devastador del conflicto. La política de “Necesidad Militar”
aplicada por el ejército colonial destruyó ingenios, afectando sobre todo a propietarios criollos.
De acuerdo con Carrodeguas (2024), "El cultivo de la caña y la producción de azúcar han
sido las principales actividades económicas de Cuba durante varios siglos y forman parte de
nuestra cultura". Esto limitó en gran medida la diversificación productiva, consolidó la
dependencia económica y generó tensiones sociales entre tradición, modernización y
subordinación a intereses externos, sobre todo en los años de la República Neocolonial.
La historiografía cubana ha abordado el proceso agroindustrial azucarero, así como la
cultura social y de sevicios que se genera en torno a la misma, en obras clásicas como La
Industria Azucarera de Cuba de Ramiro Guerra (1940), El Ingenio de Moreno Fraginals (1964,
1978), y los estudios de Oscar Zanetti sobre financiamiento, centralización y decadencia del
azúcar (2004, 2009, 2012). Investigaciones extranjeras, como Cuando reinaba su majestad el
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azúcar de Roland T. Ely (2001), complementan el panorama. No obstante, es necesario un
estudio que complemente la historia de la industria azucarera entre 1895-1958, que constituye el
objeto de este trabajo.
Este artículo busca cubrir esas insuficiencias, aportando una nueva visión del panorama
azucarero cubano hasta la década del 50 del siglo XX. Se analizan tanto los procesos productivos
-desde la molienda hasta la obtención de sus derivados como mieles, bagazo y cachaza- como las
dinámicas económicas, sociales y políticas que condicionaron la evolución de la industria.
La investigación se apoya en una metodología marxista-leninista, con triangulación de
métodos teóricos y empíricos: análisis crítico de fuentes, hermenéutica, entrevistas y estadística.
Lo que permite estructurar un estudio integrador que combina economía, sociedad y cultura.
Desarrollo
La industria azucarera en los primeros 25 años de la dependencia
neocolonial en Cuba
La Guerra de Independencia de 1895, conocida como la Guerra Necesaria, supuso un
golpe devastador para la economía azucarera cubana. Las pérdidas se calcularon en $ 50 000 000
(pesos) y la producción de sacarosa descendió en 800 000 t, retrotrayendo los niveles fabriles a
los de mediados del siglo XIX. Este retroceso no fue únicamente económico: significó también
la quiebra de un modelo productivo que había sostenido la vida social y cultural de la Isla
durante generaciones.
La deuda nacional alcanzaba los 468 582 025 dólares, y en 1899, se decretó una prórroga
para el pago de las obligaciones, extendida luego hasta 1905 (Machado, 2012). Esta medida,
aunque alivió momentáneamente a los hacendados, evidenció la fragilidad estructural de la
economía insular y la dependencia de decisiones externas.
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La ocupación estadounidense introdujo nuevas dinámicas de poder. El congresista
Foraker intentó limitar la penetración económica norteamericana mediante su famosa enmienda,
que prohibía concesiones de recursos naturales a empresas de Estados Unidos de América. Sin
embargo, la realidad fue otra: la industria azucarera, los ferrocarriles y la minería se convirtieron
en campos fértiles para la inversión extranjera. La contradicción entre la letra de la ley y la
práctica económica revela el carácter dependiente de la neocolonia: Cuba, aunque formalmente
independiente desde 1902, estaba atada a los intereses de la potencia del norte.
Los hacendados locales, debilitados por la guerra y la deuda, se vieron obligados a vender
sus propiedades. Este proceso abrió las puertas a inversionistas como Manuel Rionda, quien
activó el central Francisco y fundó la Cuba Cane Corporation en 1915; Andrew Preston,
presidente de la United Fruit Company, que incorporó el central Boston; y R. B. Hawley,
excongresista estadounidense, que adquirió 27 000 ha (hectáreas), en Puerto Padre y fundó el
central Chaparra, además de otros ingenios que dieron origen a la Cuban American Sugar
Company.
La lista se completa con Edwin Atkins, propietario del central Soledad, vinculado a
refinerías norteamericanas. Todos ellos aprovecharon la coyuntura de la Primera Ocupación para
adquirir tierras a precios irrisorios, dejando a la élite criolla con un profundo sentimiento de
despojo.
De acuerdo con Santamaría (2022) fomentar centrales en Cuba precisó altas inversiones,
decidir dónde situarlos, cuáles centralizar, qué capacidad productiva instalar y cómo surtirla de
caña, lo que dependió de la dotación de recursos e infraestructuras, distinta en cada zona de la
Isla. Así, la rentabilidad estuvo en función de que el diseño –equipos, ferrocarril, tierra,
organización laboral– optimizase tales recursos y la competencia por ellos en sus aledaños.
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Por otro lado, Díaz (2025) plantea que, a finales de 1899, se comenzó a gestar un
movimiento en La Habana para promover la recuperación de la industria azucarera. Uno de sus
objetivos era la eliminación de las barreras arancelarias impuestas por el gobierno
norteamericano al azúcar cubano. Durante los años 1900 y 1901, varias comisiones de este grupo
visitaron Washington. Ellos contaban con el respaldo del Gobernador Wood, así como del
secretario Root.
La posición del poder ejecutivo norteamericano fue finalmente establecida, cuando el
presidente Theodore Roosevelt en su Mensaje a la Nación de 1901, presentado al Congreso lo
urgió a conceder a Cuba, en materia comercial, un tratado que le permitiera iniciar el proceso de
desarrollo económico y social necesario para lograr su estabilidad. (Díaz, 2025)
Estos elementos, sin dudas, nos muestra lo importante que era para los norteamericanos,
fomentar y desarrollar la producción de azúcar en Cuba desde una perspectiva de dependencia.
Cuestión que lograron durante los 56 años la República Neocolonial.
Es aceptado el planteamiento de Santamaría (2022), al decir que: “La inmigración masiva
llegada a Cuba denota lo alto de sus salarios, sobre todo de los azucareros, mayores que los de la
industria remolachera francoalemana, lo que atrajo a temporeros foráneos” (p. 194). Por otro
lado, la política migratoria también reflejó la subordinación. La Orden Militar No. 155 de 1900,
restringía la entrada de trabajadores y artesanos, favoreciendo la industria estadounidense al
asegurar mano de obra barata en Cuba. Aunque fue derogada en 1906, su impacto inicial muestra
cómo la ocupación buscaba moldear la estructura laboral de la Isla.
El Tratado de Reciprocidad Comercial de 1903, redujo en un 20 % los aranceles del
azúcar cubano en Estados Unidos de América. Esta medida, aparentemente beneficiosa,
consolidó la dependencia: Cuba se convirtió en proveedor casi exclusivo de sacarosa para el
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mercado norteamericano, sacrificando su autonomía económica. Ese mismo año, la Convención
Internacional del Azúcar en Bruselas reguló la competencia y limitó la producción de remolacha,
favoreciendo indirectamente al azúcar de caña cubano. Sin embargo, el beneficio fue relativo:
Cuba crecía, sí, pero bajo la sombra de un mercado controlado por intereses externos.
La llegada de Charles Magoon en 1906, durante la Segunda Ocupación, encontró una
agricultura nacional en crisis. La dependencia del azúcar, la concentración de tierras en manos
extranjeras y la fragilidad del campesinado configuraban un escenario de desigualdad y
subordinación. La región de Holguín, como parte del oriente cubano, vivió este proceso con
especial intensidad: mientras los grandes centrales se expandían, los pequeños productores
quedaban marginados, y la estructura social se polarizaba entre obreros asalariados y compañías
extranjeras.
La penetración del capital extranjero en la industria azucarera no solo modificó la
estructura económica nacional, sino que reconfiguró la geografía social de regiones como
Holguín. Los grandes centrales se convirtieron en polos de atracción poblacional, generando
nuevos asentamientos y bateyes alrededor de las fábricas. El ferrocarril, introducido como
infraestructura indispensable, permitió la expansión territorial de los ingenios y la articulación de
un mercado interno subordinado a la exportación.
La división entre el sector agrícola y el sector industrial se consolidó en este período. El
colonato cañero, sistema mediante el cual pequeños productores cultivaban caña para abastecer a
los centrales, se convirtió en un mecanismo de integración subordinada. Los colonos dependían
de los precios fijados por los ingenios y carecían de autonomía real, lo que generó tensiones
sociales y conflictos laborales.
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En Holguín, esta dinámica fue particularmente visible: mientras los centrales
modernizaban su maquinaria y aumentaban su capacidad de molienda, los campesinos eran
desplazados de sus tierras o absorbidos como colonos. La expansión territorial del Central Santa
Lucía ejemplifica este proceso: la fábrica creció a costa de desalojos campesinos, configurando
un paisaje social marcado por la desigualdad.
La incorporación de nuevas tecnologías -molinos en serie, evaporadores de múltiples
efectos, tachos al vacío- permitió optimizar el rendimiento y aprovechar integralmente sus
derivados como bagazo, cachaza y mieles (Santamaría, 2015). Este circuito productivo evidencia
la creciente complejidad técnica y la búsqueda de eficiencia energética, anticipando prácticas
modernas de cogeneración.
La paradoja es evidente: Cuba mostraba las fábricas más grandes del mundo hacia 1895,
pero su desarrollo estaba condicionado por la dependencia del mercado estadounidense. La
modernización, lejos de garantizar autonomía, profundizó la subordinación. El azúcar cubano se
convirtió en un producto de exportación casi exclusivo, y la economía nacional quedó atrapada
en la lógica de la monoexportación.
La expansión de los centrales generó una nueva clase obrera, sometida a largas jornadas y
bajos salarios. Las luchas sindicales comenzaron a articularse en torno a demandas de mejores
condiciones laborales y resistencia frente a los desalojos campesinos. En Holguín, el Central
Santa Lucía se convirtió en un espacio de conflicto: la memoria de los acontecimientos de 1933 y
la práctica sindical marcaron la cultura obrera de la región.
La resistencia no fue únicamente económica: se trató de una defensa de la justicia y del
patriotismo. Los obreros y campesinos, conscientes de la explotación, comenzaron a vincular sus
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luchas con los movimientos políticos más amplios. Esta cultura de resistencia sería fundamental
en el apoyo a las luchas revolucionarias iniciadas en 1953.
El Portafolio azucarero (como se citó en Santamaría, 2015) expone con minuciosidad el
circuito productivo de la industria azucarera en los albores del siglo XX, subrayando la
incorporación de tecnologías modernas como factor decisivo en la eficiencia y rentabilidad del
sector. Este entramado técnico, de notable complejidad, puede desglosarse en fases sucesivas que
revelan una búsqueda sistemática de maximización del rendimiento, en un contexto donde la
innovación se convertía en la piedra angular de la competitividad. (p. 130)
El proceso comenzaba con la descarga y trituración de la caña mediante un sistema de
molinos dispuestos en serie, generalmente de tres a cuatro unidades. Este diseño en cascada
permitía una extracción más completa del jugo o guarapo, optimizando el aprovechamiento de la
materia prima. El bagazo, subproducto sólido resultante, era desviado hacia hornos para su
combustión, generando energía térmica y eléctrica que alimentaba la propia planta: un temprano
ejemplo de cogeneración que anticipaba prácticas modernas de sostenibilidad energética. Una
visión esquemática puede observarse en el anexo A.
Por su parte, el guarapo extraído se conducía a tanques de medición y alcalización,
sometiéndose luego a calentamiento y defecación. Esta etapa crucial separaba dos componentes:
el guarapo claro, que continuaba el circuito principal, y la cachaza, un lodo residual. (Ver anexo
A).
La cachaza, lejos de ser un desecho, era sometida a un riguroso proceso de recuperación.
Primero pasaba por la cachacera para extraer el guarapo remanente, y luego por filtros prensa,
obteniéndose más guarapo claro. El residuo final se compactaba en tortas de cachaza, destinadas
como abono orgánico en los cultivos, cerrando así un primer ciclo de aprovechamiento integral.
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Todo el guarapo claro concentrado se dirigía a los evaporadores de múltiples efectos, donde se
obtenía la meladura, un jarabe denso que constituía la base para la cristalización. (Ver anexo A)
La meladura ingresaba a los tachos al vacío para su cocción, lográndose la primera masa
cocida, con un alto grado de pureza (aproximadamente 80°). Esta masa se fraccionaba: la porción
de mayor calidad se centrifugaba para producir azúcar de primera (96° de pureza) y miel de
primera. El rechazo de la centrifugación, junto con la miel de primera, retornaba a los tachos
para producir una masa cocida mixta. Al ser centrifugada, esta masa generaba azúcar de segunda
(que se mezclaba con la de primera para homogenizar la calidad comercial) y miel de segunda.
(Ver anexo A).
El proceso perseguía la extracción de hasta la última fracción de sacarosa. La miel de
segunda se recocinaba en los tachos para obtener una tempa de agotamiento de baja pureza (60°).
Tras pasar por cristalizadoras y centrífugas, se obtenían dos productos finales: un azúcar de miel
de baja calidad, que se recirculaba al ciclo con la miel de primera para su reprocesamiento, y una
miel final agotada. Este último subproducto, ya sin valor azucarero significativo, se destinaba a
industrias derivadas como la producción de alcohol, forraje, abono o combustible. (Ver anexo
A).
La descripción del proceso permite comprender las disparidades de rendimiento entre
ingenios que procesaban volúmenes similares de caña. La clave diferencial no radicaba
únicamente en la materia prima, sino en la eficiencia del diseño tecnológico y la gestión del
circuito productivo. La implementación de sistemas de recirculación (mieles), la maximización
energética (bagazo) y el aprovechamiento integral de sus derivados (cachaza, miel final) se
erigen como variables críticas. (Ver anexo A).
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Por lo tanto, este análisis sostiene que, para la segunda década del siglo XX, la
competitividad de la industria azucarera estaba intrínsecamente ligada a la capacidad de
adopción y optimización de un complejo entramado tecnológico, un factor esencial para
cualquier estudio histórico-económico del periodo. (Ver anexo A).
La coyuntura internacional pronto puso a prueba esta capacidad de adaptación. Los
azúcares centrifugados de 96º provenientes de Cuba alcanzaron un precio de ¢ 5.50 (centavos)
por libra. Esto sucede porque a partir del 28 de julio de 1914, con el inicio de la Primera Guerra
Mundial, los años 1915 y 1916, pudieron declararse como zafras libres. Esto permitió que los
hacendados implementaran rápidamente un plan de mejoras: ampliación de construcciones,
adquisición de nuevas máquinas, creación de líneas ferroviarias, compra de material de
transporte, siembra de nuevas parcelas de caña y apoyo a los colonos.
De acuerdo con Santamaría (2025), el efecto de la Gran Guerra, pues, basculó a favor de
las empresas refinadoras de azúcar, la pugna que mantuvieron brevemente con los productores de
crudo por el control de la comercialización del dulce cubano, pero también provocó la
preminencia de los bancos en ellas, y en gran parte de la industria cañera de la Isla, tras la crisis
que siguió al armisticio, que impidió pagar muchos créditos contraídos anteriormente.
Como resultado de un convenio entre Cuba y los Estados Unidos de América, este
último, junto con sus aliados, adquirió de la mayor de las Antillas la producción de azúcar
correspondiente a la cosecha de 1917-1918, que alcanzó un total de 2 975 570 t, al costo de ¢
4,60 por libra, cifra inferior a los ¢ 5,50 demandados por los hacendados cubanos. Mientras que
la producción de la cosecha de 1918-1919, fue adquirida a un precio de ¢ 5,50 por libra. Este
acuerdo se suspendió el 1 de diciembre de 1919, cuando el presidente estadounidense Woodrow
Wilson lo declaró sin efecto.
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En ese mismo, las fábricas de sacarosa cubana lograron triturar alrededor de 40 000 000
t., de caña. Este volumen fue logrado gracias a las ventajas que ofrece el ferrocarril, que para
entonces eran operadas en su mayoría por los propios centrales azucareros (Zanetti, 2021).
Para el año 1918, en el que concluye la Primera Guerra Mundial, ya se evidencia una
recuperación en la industria cubana del azúcar. La Isla producía 3 579 000 t., de azúcar, una
cantidad que el mercado estadounidense no podía absorber, lo que permitió a Cuba comerciar
parte de su producción con otras naciones.
En 1920, el mercado azucarero de Nueva York experimentó una especulación financiera
sin precedentes. Entre febrero y mayo de ese año, el precio del azúcar se estableció en ¢ 9.00 por
libra, pero a partir de mayo, el costo del producto aumentó a ¢ 21.5 la libra, el nivel más alto que
alcanzaría el valor del azúcar; luego de este punto, comenzó a caer, llegando nuevamente a ¢
9.00 por libra en septiembre. Un mes después, se iniciaría el colapso bancario, que tendría graves
consecuencias en Cuba.
Tras el colapso de 1920-1921, la industria azucarera cubana experimentó una
recuperación parcial. La cosecha de 1924 alcanzó más de 4 100 000 t de azúcar, mientras que la
de 1925 superó los 5 000 000 t. En Guerra et al. (1952) se ilustra cómo entre 1926-1933, se
mantuvo el promedio del intercambio comercial cubano, alcanzando la cifra de $ 308 919 188,
mientras que la media de la producción azucarera fue de 3 941 067.63 t, vendidas
aproximadamente a ¢ 1,598 la libra. En esos años molieron un promedio de 156 centrales en un
total de 94,9 días. Una visión sintética y cuantitativa de estos datos puede observarse en la tabla
identificada como anexo B.
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Estos datos revelan, por un lado, la inadecuada política azucarera implementada por el
gobierno de Gerardo Machado (1925-1933) y, por otro, los profundos efectos de la crisis
económica global de 1929-1933.
La industria azucarera bajo Gerardo Machado y la Revolución de los años
treinta
Un estudio revela que, para el primer cuarto del siglo XX, más del 20 % de las tierras que
conforman a la mayor de las Antillas, se encontraban sembradas de caña de azúcar (Herrera,
2022). Lo interesante del caso es que, desde el propio capital que generaba la venta de azúcar, no
se logró la abrir nuevas fuentes de ingreso económico.
El 3 de mayo de 1926, Gerardo Machado promulgó la Ley Verdeja, que restringió la
producción de la zafra al 10 % de lo proyectado por cada central. Esta legislación, aunque
pretendía estabilizar el precio del azúcar, se tradujo en un incremento del desempleo y en una
reducción de los salarios y de la renta nacional. Posteriormente, el Congreso aprobó la Ley de
Defensa del Azúcar (1927), que dio origen a la Comisión Nacional de Defensa del Azúcar,
encargada de asesorar al presidente en negociaciones comerciales y supervisar la producción.
Gracias a los esfuerzos del coronel José Miguel Tarafa, se celebró la Primera Conferencia
Internacional en París (1927), donde algunos países europeos se adhirieron a la política
restrictiva cubana, aunque Java se negó a participar. Sin embargo, la ineficacia de estas medidas
llevó a su abandono en 1928, permitiendo un aumento de la producción hasta 5 156 278 t.
La crisis mundial de 1929 agravó la situación. El derrumbe de la bolsa neoyorquina el 29
de octubre, sorprendió a Cuba con almacenes abarrotados de azúcar. Zanetti (2006) señala que:
“el precio del dulce cayó en 1930 a apenas ¢ 1.00 la libra” (p. 51–52). Ante ello, Gerardo
Machado implementó el Plan Chadbourne, que limitaba las exportaciones cubanas y buscaba
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acuerdos internacionales. Sin embargo, el incumplimiento de Estados Unidos de América y el
rechazo de Hawai lo condenaron al fracaso.
El Convenio Internacional Azucarero de 1931 tampoco prosperó, pese a la adhesión de
varios países europeos. El Decreto Costigan-Jones de 1934 redujo aún más el precio del azúcar
cubano y segmentó el mercado estadounidense, aunque Cuba logró captar el 29,4 % del consumo
norteamericano.
En paralelo, se fundaron la Asociación de Colonos de Cuba (1934) y la Asociación
Nacional de Hacendados, consolidando el poder de los círculos dominantes frente a las
demandas obreras. En 1937, Cuba formalizó su adhesión al Convenio Internacional Azucarero en
Londres, asegurando una cuota de 940 000 t, aunque las exportaciones reales fueron mucho
menores. La Ley de Coordinación del Azúcar (1937), buscó regular la producción y la mano de
obra, pero el Plan Trienal de Fulgencio Batista fue abandonado en 1938. La principal dificultad
para diversificar la agricultura no era la falta de tierras, sino la inexistencia de mercados
adecuados.
Por otro lado, en consonancia con Díaz-Pou (2025): “El azúcar y sus derivados
representaban el 75 % de las exportaciones en 1940, incrementándose al 89 % para
1949”. Sin dudas esto más que ofrecer ventajas en materia económica, evidenciaba la
marcada dependencia que existía en los años de la República Neocolonial de la
industria de la caña de azúcar y sus derivados.
Previo a la Segunda Guerra Mundial, se firmaron nuevos acuerdos con Estados Unidos de
América (1939 y 1941), que abolieron el sistema de cuotas y garantizaron la compra de las
cosechas completas de 1942 a 1947. Tras la guerra, el gobierno de Grau San Martín, logró
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aumentos en el precio del azúcar, fortaleciendo la producción que representaba el 88% de las
exportaciones y satisfacía el 44 % del mercado estadounidense. (López, et al., 2005)
En este contexto, los trabajadores obtuvieron algunas victorias: Jesús Menéndez y Jacinto
Torras participaron en las negociaciones de 1946-1947, logrando la cláusula de garantía y el
diferencial azucarero, que vinculaba los aumentos de precio con mejoras salariales y obras
públicas.
En 1948 entró en vigor la Ley de Cuotas Azucareras, que otorgaba a Cuba una cuota
básica equivalente al 27,13 % del consumo estadounidense. La producción alcanzó 5 300 000 t
en 1949 y 5 600 000 t en 1950, llegando a un récord de 7 300 000 t en 1952. La guerra de Corea
elevó el precio promedio de ¢ 4,98 a ¢ 5,67 por libra. Sin embargo, el exceso de producción
generó acumulación de stock y depresión en el sector. Hasta 1960, la producción anual promedio
fue de 5 600 000 t. (Sáenz, 2009)
El golpe de Estado de Batista en 1952, agravó la crisis con el Informe Truslow, que
limitó la producción. En 1958, la cuota de Cuba hacia Estados Unidos de América fue de 3 000
000 t a precios preferenciales. En 1959, las exportaciones representaban el 60,4% de los ingresos
totales, mientras que empresarios estadounidenses poseían el 34 % de la capacidad de molienda
y el 47 % de la tierra. (Sáenz, 2009)
La Revolución heredó 161 centrales con capacidad cercana a 7 500 000 t y 2 600 000 ha
de caña, de las cuales se cortaban anualmente 1 200 000 ha. (Sáenz, 2009). La Primera Ley de
Reforma Agraria (1959), limitó las áreas de cultivo a 100 cab., (caballerías) y promovió
cooperativas cañeras. (Cantón y Silva, 2009)
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Conclusiones
El recorrido histórico de la industria azucarera cubana, revela un proceso complejo en el
que se entrelazan economía, sociedad y política. Desde la introducción de la caña en la Isla bajo
el dominio colonial español, pasando por la devastación de las guerras independentistas y la
penetración del capital extranjero durante la República Neocolonial, hasta la consolidación de
una cultura obrera y campesina de resistencia, el azúcar se erige como símbolo de riqueza y
dependencia, de modernización y explotación, de progreso y desigualdad.
El análisis demuestra que la industria azucarera no fue únicamente un motor económico,
sino también un espacio de conflicto social y político. La expansión de los centrales, la
introducción de nuevas tecnologías y la subordinación al mercado estadounidense configuraron
una estructura productiva que, aunque eficiente en términos industriales, profundizó la
dependencia y la desigualdad.
En términos historiográficos, este estudio aporta una mirada integradora que combina
economía, sociedad y cultura, y que permite comprender la industria azucarera no solo como un
fenómeno productivo, sino como un espacio de construcción de identidad y resistencia. La larga
duración del proceso, desde la colonia hasta la neocolonia, muestra la persistencia de estructuras
de dependencia, pero también la capacidad de los actores locales para generar respuestas y
alternativas.
La trayectoria de la industria azucarera cubana entre 1902 y 1958 constituye un espejo de
las tensiones entre modernización tecnológica, dependencia externa y luchas sociales. La
eficiencia de los ingenios y el aprovechamiento integral de sus derivados anticiparon debates
contemporáneos sobre sostenibilidad, pero la especulación financiera, las políticas restrictivas y
los acuerdos internacionales condicionaron el destino económico de la Isla. El azúcar fue,
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simultáneamente, motor de progreso y símbolo de subordinación. La Revolución heredó una
infraestructura poderosa, pero también un modelo económico profundamente dependiente de
factores externos, lo que marcaría los desafíos de la etapa posterior.
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Anexo A
Fuente: Santamaría (2015)
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Anexo B
Tabla 1. Producción azucarera cubana, datos fundamentales 1926 – 1933.
Fuente: Guerra et al. (1952)
Años
Intercambio
Comercial
Producción
Azucarera
Precio del
Azúcar
No. de
Ingenios
Duración de la
Zafra (en días)
1926 562 564 000 4 932 095 2.22 177 135.0
1927 581 752 000 4 508 600 2.64 177 102.4
1928 490 887 000 4 541 856 2.18 172 86.1
1929 488 655 00 5 156 278 1.72 163 108.8
1930 329 862 000 4 670 973 1.23 157 106.6
1931 198 976 000 3 120 796 1.11 140 75.8
1932 131 696 000 2 602 864 0.71 133 77.9
1933 126 751 000 1 995 079 0.97 125 66.6